
[Bainbridge Island, Washington, Estados Unidos] [Sabemos que los gatos tienen larga vida. Bess estuvo sin comer ni beber durante nueve semanas. Sobrevivió, pero perdió parte de su memoria. Cuando se trata de animales enfermos, y de recuperaciones prodigiosas, la palabra milagro anda siempre cerca]. Lo traduje de Los Angeles Times:
Una noche, Bess desapareció y no volvió. Hay coyotes allá fuera. Buscas, esperas, y finalmente pierdes la esperanza. Casi.
GATO PERDIDO. Lleva una pequeña campanilla en su collar. Recompensa. Cuando se pierde un felino, las explicaciones de dónde podrÃa estar son tan largas como el pasillo más oscuro en la imaginación del dueño:
Arriba de un abeto. En la barriga de los coyotes que merodean en el bosque. En una cuneta, sangrando, después de haber sido atropellado por un coche. Cazado por un águila calva. (En la isla de Puget Sound, donde vivo, en un informe de biólogos de la fauna silvestre se lee que en los nidos de las águilas se han encontrado varios collares de gato).
Una vez la tarada de Amanda, mi gata persa, se metió en la parte de atrás de la secadora de ropa de una amiga mientras yo estaba de vacaciones, y no salió en cinco dÃas.
Y luego está Bess, cuyo destino no podrÃa haberlo imaginado nadie.
Es la última de toda una lÃnea de gatos que he recogido en mis viajes como corresponsal extranjera.
Marie, bautizada asà en homenaje a la canción de Bob Dylan, ‘Absolutely Sweet Marie’, era una sucedánea de siamés que compré por cinco dólares en una tienda de mascotas en El Cairo. Mi empleada en Moscú la metió a la secadora, pero sobrevivió y vivió hasta llegar a la vejez.
Peter era un gato atigrado pelirrojo que se lanzó fatalmente desde el balcón del octavo piso de mi departamento en Moscú -lo mismo que Mario, mi adorado gato burmés, de Portland, Oregon. Katya sobrevivió el viaje de Moscú a Londres, sólo para ser arrollada por un bus.
¿Es sorprendente que la Sociedad Protectora de Animales de Londres no me deje adoptar otro gatito?
Traté de hacerles entender que aunque mis gatos habÃan sufrido esos accidentes, no eran más que eso -mala suerte- y que yo básicamente era una mujer que adora a los gatos, a los que el resto de la familia también adoraba, que podÃa brindarles gloriosas comidas, una cama cómoda, atención permanente, frecuentes elogios, una cantidad asombrosa de besos y montones de tiempo en el regazo.
Ni hablar.
“¿Tiene usted un jardÃn? Porque no entregamos a ningún gato a menos que tengan la oportunidad de salir fuera y tomar el sol”, me dijo la supervisora del refugio de Hounslow en West London cuando llamó para mi primera entrevista en casa.
“Oh, sÔ, le aseguré.
“Pero ¿hay alguna reja? El gato no debe poder salir del jardÃn”, dijo.
“Bueno”, dije, sin querer contarle cómo terminó Katya, “tenemos una reja muy alta, pero no estoy segura de que sea posible construir una reja que no pueda ser superada por un gato. ¿No es asÃ?”
Siguió con sus preguntas. “¿Pasa algún autobús por su calle?”
¿Alguien la estaba asesorando? “Bueno, pero es sólo un bus”, dije, lentamente.
“No, me temo que eso la deja a usted fuera. No damos adopciones a casas en calles con buses”.
Asà fue como el investigador de la oficina de Londres del Times, que ha sufrido los caprichos de generaciones de corresponsales, me condujo a East London una tarde hace dos años. Una señora allá tenÃa varios gatos callejeros, y cualquiera que estuviera dispuesto a pagar 75 libras -unos ciento cincuenta dólares en la época- podÃa llevarse uno a un departamento en un edificio en una calle con tres recorridos de buses.
Elegà a Bess.
No era la gata más bonita. Negra con manchas irregulares de dorado y naranja, se me ocurrÃa una pintura de Jackson Pollock, lo que quiere decir que mi comentario no es exactamente elogioso. Pero me miró con sus ojos verdes y no dejó de mirarme. Me enamoré locamente de ella.
Kolya, un tÃmido gato atigrado que habÃamos elegido de una caja de gatitos en el metro de Moscú y llevado con Katya a Londres, se quedó igualmente enamorado. Él y Bess se perseguirÃan por el cuarto de mi hija en el ático, bajando dos plantas hasta la cocina, para volver a subir. Luego se acomodarÃan en un rayo de sol en la sala para darse turnos de baño. Bess alcanzó su plenitud y se convirtió en una joven y gorda matrona a la que apodamos ‘la Patata’.
En julio volvimos a Bainbridge Island. Los gatos se acostumbraron; habÃa tanto espacio para moverse en nuestra vieja granja, que parecÃa que no echaban de menos salir fuera, que habÃamos decidido que serÃa poco recomendable considerando la abundancia de coyotes, zorros, mapaches y águilas.
Bess desapareció el 28 de septiembre.
Esa noche tenÃamos una parrillada, con montones de amigos, niños, un perro bullicioso y música estridente. A la mañana siguiente cuando nadie pudo encontrar a Bess, temimos lo peor.
Probablemente, pensamos, escapó por una ventana arriba que uno de nuestros invitados habÃa dejado abierta, luego se topó con el perro amarrado en el patio, sintió pánico y huyó hacia el bosque -donde viven los coyotes.
Sin embargo, imprimimos carteles y lo pegamos por todo el vecindario. Golpeamos puertas, recorrimos las calles llamándola, colocamos sus juguetes y el camisón de mi hija en el patio para atraerla con olores familiares.
Finalmente, incluso los niños admitieron que no volverÃa a casa. Annabel, 11, estaba tranquilamente furiosa. “No quiero volver a hablar de religión”, anunció, después de que yo tratara de decir, sin mucho entusiasmo, que Dios tenÃa alguna razón o algo similar.
Llegó la vÃspera de Todos los Santos, y Annabel dijo que al menos no tenÃamos que preocuparnos de que Bess saliera a la calle y se topara con un grupo de adolescentes que pudieran usarla en algún ritual de magia negra.
Algunos amigos que nos visitaron para el DÃa de Acción de Gracias nos dijeron que pensáramos en hacernos con un perro. ¿HabÃamos llegado a ese punto? Cambié de tema.
El 30 de noviembre, la noche previa a la partida de nuestros amigos, tuvimos otra comilona. Preparé tacos de pollo, el novio de mi vecina hizo una jarra de margaritas; encendimos una fogata y fumamos cigarros mirando las estrellas. Después de eso, me quedé en la cocina fregando los platos mientras mi amigo Kris y su hija Sophie charlaban en el salón.
HabÃa algo en la voz de Kris cuando me llamó que hizo que me sintiera como entrando en un congelador. “¿Qué?”, pregunté.
“Kim”, repitió. “Ven aquÔ.
Me acerqué lentamente al salón. Entonces lo oÃ: un maullido bajo, débil, persistente de venÃa desde dentro del alféizar de la ventanilla, un banco con una puerta de bisagra que Kris y Sophie habÃan abierto.
Una pequeña parte de mà estaba celebrando incluso antes de entrar a la habitación. El resto de mà se derritió de horror. HabÃan pasado casi nueve semanas desde que Bess desapareciera; probablemente se metió al alféizar de la ventana cuando nadie miraba. Nueve semanas encerrada en una caja, sin alimento ni agua, ni siquiera demasiado aire. ¿Qué quedaba de ella? ¿Qué cosa era es que estaba maullando?
Como corresponsal de guerra, me han preparado para dejar mis emociones de lado en momentos de peligro, evaluar la situación y actuar rápidamente. Eso fue lo que traté de hacer. Recogà el diminuto atado de pelos sucios que era Bess -cubiertos por un fluido claro y viscoso- y la llevé a la cocina. Cogà mi jeringuilla, la llené de agua y traté de metérsela en la boca, que la tenÃa abierta y no respondÃa, excepto para emitir un débil aullido cada algunos segundos.
Cogà el teléfono y llamé a mi hermano, que trabaja como veterinario en Bremerton, a eso de media hora de distancia. Me dio indicaciones sobre cómo llegar a la clÃnica más cercana. Envolvà a Bess en una toalla, trepé al coche de Kris y nos encaminamos hacia la clÃnica a toda velocidad.
Pasé toda la noche junto a Bess mientras el doctor y los técnicos le inyectaron una solución de azúcar en sus venas y le ofrecÃan un pequeño cuenco de comida. Como una criatura enloquecida, Bess se abalanzaba contra todos y mordÃa todo lo que veÃa cerca, incluyendo mi dedo, y casi se rompió los dientes con la cuchara cuando traté de meterle la comida en la boca.
Pesaba apenas dos kilos. Su sangre estaba llena de sal. Al romper el dÃa empezó a tener convulsiones -una señal de posible daño cerebral a causa de la deshidratación o un fenómeno conocido como ‘sÃndrome de realimentación’, una crisis metabólica potencialmente fatal observada entre los sobrevivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial que ocurre cuando las vÃctimas de hambre son alimentadas demasiado rápidamente.
El doctor paró el flujo de azúcar y dio marcha atrás con la alimentación. Puse mis manos en el flaco tórax de Bess y mi cara frente a sus ojos inexpresivos. “Has resistido hasta aquà y lo vas a seguir haciendo. ¿Me has oÃdo?”
Poco antes del mediodÃa me marché a casa a dormir.
Durante los dÃas siguientes, visitamos a Bess todos los dÃas. Se habÃa quedado ciega. Apenas levantaba la cabeza, que tenÃa extrañamente inclinada hacia el suelo en lo que es un clásico sÃntoma de deficiencia de potasio y tiamina. SeguÃa sufriendo de lo que los doctores llaman escalofriantemente ‘eventos neurológicos’.
Pese a todo, mejoró. Después de cuatro dÃas, cuando la cuenta del veterinario se acercaba a los tres mil dólares, la llevamos a casa.
Ahora pesa casi tres kilos y parece haber recuperado parte de su visión. Se desplaza lentamente -a veces deteniéndose como si estuviese confundida acerca de dónde se encuentra, o como si hubiese olvidado hacia dónde iba. Puede haber quedado con daño cerebral permanente. O quizá ocurra otro milagro y se cure a sà misma.
“¿Pensabas que sobrevivirÃa cuando la encontramos?”, le pregunté el otro dÃa a mi hermano.
“Lo que se nos enseña, y te puedo mostrar los libros de texto, es que la mayorÃa de los gatos no sobreviven un perÃodo de dos semanas sin alimentos o agua. Algunos no sobreviven ni dos dÃas… Cómo pudo pasar esto…”, dijo. “No puedo responder”.
Tampoco es que necesitemos una respuesta.
Annabel bromea diciendo que Bess -que cumplirá tres años esta próxima primavera- es ahora Dory, el encantador pez de la pelÃcula ‘Buscando a Nemo’, que no puede recordar nada de lo que ha pasado hace unos minutos. Me gusta ver a Bess de esa manera. Espero por Dios que no recuerde esas largas semanas de espera en nuestro salón, sin llorar ni una sola vez, pensando que su familia la rescatarÃa. TodavÃa me maravilla que, en lo que pudo haber sido lo último que hacÃa en su vida, logró llamarnos.
Cuando Annabel y yo nos tendemos juntas en el suelo, y acariciamos a Bess, oyendo sus suaves ronroneos, me siento bendecida.
[Kim Murphy]
[16 de enero de 2009]
[25 de diciembre de 2008]
[©los angeles times]
[viene de mQh]

January 20th, 2009 at 9:14 pm
QUE HISTORIA!!! ME PREGUNTO QUIEN TENDRA DAÑO CEREBRAL REALMENTE, SI LA GATA O LA DUEÑA… QUE LIVIANDAD DIOS MIOOOO!!!